Poch: la batería que sostuvo el rock más duro de Pamplona
El rock radical vasco de los años ochenta fue uno de los fenómenos musicales más intensos y más originales que ha producido la cultura popular española: un movimiento nacido en los márgenes del sistema, con grupos que hacían música desde la rabia y la convicción, desde la urgencia de quien tiene algo urgente que decir y no le importa si las formas en que lo dice resultan incómodas para quien las escucha. En el corazón de ese movimiento estaba Barricada, el grupo de Pamplona que desde los años ochenta fue uno de sus referentes más sólidos; y en el corazón de Barricada estaba la batería de Poch, José Carlos Pérez, el músico que desde el fondo del escenario sostuvo durante más de una década el pulso de una banda que necesitaba un pulso tan firme como el suyo para ser lo que era. Sin la batería de Poch —directa, sin ornamentos, al servicio de la canción y del mensaje— el sonido de Barricada habría sido otro, y probablemente menor.
Pamplona y el rock radical: el caldo de cultivo
Pamplona a principios de los años ochenta era una ciudad en tensión: una sociedad que salía de la dictadura con las cicatrices todavía frescas, una juventud que había crecido entre la represión y la resistencia y que encontraba en el rock un lenguaje para expresar lo que no cabía en los canales convencionales. El rock radical vasco —con grupos como Kortatu, Hertzainak o La Polla Records— fue la música de esa generación: directa, urgente, sin concesiones estéticas al gusto del mercado, rabiosa y comprometida con un mundo que exigía la rabia y el compromiso. Barricada nació en ese contexto y fue desde el principio uno de los grupos que mejor encarnaron su espíritu.
Poch fue parte de Barricada desde los comienzos del grupo, a principios de los años ochenta, cuando la banda empezó a tomar forma en Pamplona con una propuesta musical que mezclaba la dureza del punk-rock con la energía del heavy metal y con las letras comprometidas que eran el sello del movimiento. Su presencia en la batería desde los primeros ensayos y los primeros conciertos fue decisiva para la definición del sonido del grupo: Barricada era, entre otras cosas, un grupo de batería poderosa, y ese poder venía de la manera en que Poch entendía el instrumento.
El sonido de Barricada: rock duro desde la calle
Barricada publicó su primer álbum, No hay tregua, en 1984, y el disco estableció de inmediato la identidad sonora del grupo: rock duro, directo, sin ornamentos, con la intensidad de quienes hacen música porque tienen algo que decir y con la urgencia de quienes no pueden esperar para decirlo. La batería de Poch en ese álbum —y en todos los que siguieron— tiene exactamente las características que el sonido del grupo necesitaba: potencia sin estridencia, velocidad sin precipitación, solidez que no aplasta sino que sostiene. Es la batería de alguien que ha entendido que su trabajo es hacer que la canción funcione, no demostrar lo que el baterista puede hacer.
Lo que distinguía a Barricada dentro del panorama del rock radical vasco era la calidad de la producción y del sonido: el grupo tenía una ambición musical que iba más allá de la urgencia del punk y que se manifestaba en la atención que prestaba a los detalles del arreglo y del registro. Poch fue parte central de esa ambición: su batería no era la batería caótica del punk más primitivo sino la de un músico que había pensado profundamente en lo que cada canción necesitaba y que tenía el dominio técnico para darlo.
«Noche de brujas» y la madurez
El álbum Noche de brujas (1989) fue el momento de mayor alcance de Barricada: el disco que llevó al grupo más allá del círculo del rock radical y que lo situó en el panorama general del rock en español. Con ese álbum, el grupo demostró que su propuesta musical tenía una amplitud que iba más allá de su contexto de origen, que las canciones de Barricada podían funcionar para un público que no compartía necesariamente las coordenadas político-culturales del rock radical vasco pero que reconocía en ellas la calidad y la autenticidad de algo hecho con convicción.
La batería de Poch en Noche de brujas mostró también una evolución respecto a los primeros álbumes: más variada en los recursos, más elaborada en los detalles, sin haber perdido ninguno de los elementos que hacían de ella el motor del sonido del grupo. Esa evolución —que no es traición a las raíces sino profundización en ellas— es la marca de un músico que no se conforma con haber encontrado una fórmula que funciona sino que sigue buscando.
La batería: ritmo e identidad
La batería de Poch tiene una característica que la hace reconocible entre las de todos los bateristas del rock español de su época: la manera en que combina la solidez de la base rítmica con la capacidad de respuesta instantánea a lo que la canción pide en cada momento. No es una batería que lleva el pulso y se mantiene en él independientemente de lo que hagan los demás instrumentos: es una batería que escucha y que reacciona, que se ajusta en tiempo real a las necesidades de la canción y que por eso resulta siempre exactamente en su sitio.
En el rock más duro, la batería es el instrumento que más directamente determina la sensación física de la música: el volumen, la velocidad, la energía, la carga emocional de un riff de guitarra o de un grito del cantante dependen en buena medida de cómo los sostenga o los anticipe la batería. Poch entendió ese papel con claridad y lo ejerció con la consistencia de quien lo ha asumido como una responsabilidad artística y no solo como una función técnica. En los mejores momentos de Barricada —y hay muchos— la batería de Poch es inseparable de lo que los hace grandes.
El legado: el rock que vino del norte
El legado de Poch en la historia del rock español es el del músico que fue parte esencial de uno de los grupos más importantes de una época y de un movimiento cultural que dejó una huella duradera en la música popular española. El rock radical vasco —y Barricada como uno de sus representantes más sólidos— fue una de las corrientes más vitales del rock en español de los años ochenta, y su influencia se puede rastrear en la música que vino después: en grupos que encontraron en esa manera de hacer rock un modelo de honestidad y de compromiso que siguió siendo relevante mucho después de que el movimiento que lo había generado hubiera terminado.
En ese legado, la batería de Poch ocupa el lugar del cimiento invisible: el elemento que sostuvo todo lo demás y que hace posible que el edificio se sostenga. Los grandes bateristas de rock son siempre así: su contribución es tan necesaria que cuando falta se nota, pero cuando está en su sitio parece tan natural que se corre el riesgo de darla por supuesta. El trabajo de Poch en Barricada merece ser recordado y reconocido por lo que fue: el pulso de un grupo que hizo historia, sostenido durante más de una década con una fiabilidad y una calidad que fueron la base sobre la que todo lo demás fue posible.
Hay también en el legado de Poch una dimensión generacional que conviene señalar: fue parte de una generación de músicos del rock español que no tenía modelos previos en los que apoyarse, que tuvo que inventar casi desde cero lo que significaba hacer rock en español con convicción y sin concesiones. Esa generación —la que dio al rock en español su vocabulario y sus estándares en la dura escuela de los años ochenta— es la que hizo posible que las generaciones siguientes tuvieran un idioma en el que expresarse, y Poch fue parte de ella con la aportación específica e irremplazable del músico que sostuvo el ritmo durante años con la misma entrega y la misma calidad, con la discreción de quien entiende que el mejor trabajo es el que sostiene todo lo demás sin llamar la atención sobre sí mismo.