Václav Havel

Dramaturgo del teatro del absurdo que pasó de la cárcel comunista a la presidencia, liderando sin un solo disparo la Revolución de Terciopelo.

Václav Havel durante un discurso en 2009
Ondřej Sláma · CC BY-SA 3.0
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Pocas vidas del siglo XX recorren un arco tan improbable como la de Václav Havel: empezó escribiendo obras de teatro que el régimen comunista prohibía, pasó varios años entrando y saliendo de prisión por firmar un documento a favor de los derechos humanos, y terminó siendo el hombre que Checoslovaquia eligió para dirigirla en el momento en que dejó de ser comunista. Lo hizo, además, sin que se disparara un solo tiro — algo tan inusual que el proceso que le llevó al poder pasó a la historia con un nombre casi delicado: la Revolución de Terciopelo.

Un niño «burgués» en la Praga comunista

Havel nació en Praga el 5 de octubre de 1936, en el seno de una familia acomodada e influyente: su padre era un empresario vinculado a la construcción de los estudios de cine de Barrandov, y por parte de madre descendía de un diplomático. Ese origen, una ventaja en cualquier otro contexto, se convirtió en un obstáculo en cuanto el Partido Comunista tomó el poder en 1948. Clasificado como «de origen burgués», al pequeño Václav se le cerraron las puertas de la educación secundaria convencional: tuvo que combinar un puesto de aprendiz en un laboratorio químico con clases nocturnas para poder terminar el bachillerato, algo que logró en 1954. Fue en esos años de adolescencia, marcados por la exclusión, cuando empezó a escribir sus primeros poemas.

Quiso estudiar Humanidades, pero de nuevo su expediente familiar se lo impidió; acabó matriculándose en Económicas, carrera que abandonó antes de terminar. El servicio militar, entre 1957 y 1959, le dejó tiempo libre para lo que de verdad le interesaba: la literatura. Empezó a publicar poemas y piezas breves en revistas culturales y a moverse en los círculos literarios de Praga.

El tramoyista que acabó firmando sus propias obras

En 1960, gracias a sus contactos en el mundo teatral, entró a trabajar como tramoyista en el Teatro de la Balaustrada de Praga. No fue un empleo cualquiera: mientras montaba decorados, completó por correspondencia sus estudios de Arte Dramático y empezó a mostrar a sus superiores los textos que escribía en su tiempo libre. Le gustó lo que vieron. En 1963 se estrenó «La fiesta en el jardín», su primera gran obra, dentro de la corriente del teatro del absurdo que entonces recorría Europa. El éxito, dentro y fuera de Checoslovaquia, lo catapultó a director adjunto del teatro y lo convirtió en uno de sus autores de referencia. Fue también en la Balaustrada donde conoció a Olga Šplíchalová, una joven de origen obrero con la que se casó en 1964 y que sería su compañera durante más de tres décadas.

Sus siguientes piezas, como «El memorándum» (1965), afinaron un estilo que usaba el absurdo y la burocracia como espejo deformado de la vida bajo el régimen — una crítica que, cuanto más sutil, más incómoda resultaba para las autoridades.

1968: la primavera que se heló

Como presidente del Círculo de Escritores Independientes, Havel apoyó abiertamente la Primavera de Praga, el intento de Alexander Dubček de dar al comunismo checoslovaco «un rostro humano». La invasión soviética de agosto de 1968 acabó con esa esperanza y con la carrera pública de Havel tal y como la conocía: sus obras fueron prohibidas, le confiscaron el pasaporte y su nombre quedó marcado. Se le «invitó», en la retórica del régimen, a exiliarse. Havel rechazó la invitación y se instaló en Hrádeček, una casa de campo a unos 150 kilómetros de Praga, desde donde siguió escribiendo — aunque para sobrevivir tuvo que trabajar como peón en una fábrica de cerveza. Sus textos, prohibidos en casa, empezaron a publicarse y representarse en el extranjero, lo que le permitió vivir de los derechos de autor mientras en Checoslovaquia era un autor invisible.

Una banda de rock y el nacimiento de la Carta 77

Hay un episodio que rara vez aparece en los resúmenes rápidos de la vida de Havel y que explica bastante bien su forma de entender la disidencia: en 1976, la policía checoslovaca detuvo a los miembros de una banda de rock underground, The Plastic People of the Universe, cuyo nombre procedía de una canción de Frank Zappa y cuyo delito, en la práctica, era sonar como un grupo occidental. Havel, que había trabado amistad con ellos poco antes, asistió al juicio y salió convencido de que aquello era un ataque no a un grupo de música, sino al derecho de cualquiera a vivir «en la verdad», al margen de la ideología oficial.

De esa indignación, compartida con otros intelectuales, sacerdotes y antiguos dirigentes comunistas caídos en desgracia, nació la Carta 77, un documento publicado el 1 de enero de 1977 que exigía al Gobierno checoslovaco cumplir los acuerdos de derechos humanos que él mismo había firmado en Helsinki. Havel fue uno de sus primeros portavoces y, poco después, cofundador del Comité para la Defensa de los Injustamente Perseguidos (VONS), que documentaba casos concretos de represión política.

Prisión, cartas a Olga y «el poder de los sin poder»

La respuesta del régimen fue el arresto domiciliario, primero, y la cárcel, después: Havel entró y salió de prisión varias veces entre 1977 y 1989, con una condena especialmente larga entre 1979 y 1983 (cerca de cuatro años y medio) por su actividad en el VONS. De esa época quedan las cartas que escribió a su mujer y que después se publicarían como «Cartas a Olga», y también su ensayo más influyente, «El poder de los sin poder» (1978), en el que analizaba cómo un ciudadano corriente podía resistir a un sistema totalitario simplemente negándose a repetir sus mentiras — un texto que circuló clandestinamente y que con los años se convirtió en lectura de referencia para disidentes de medio mundo. La cárcel también le pasó factura física: en 1983 fue liberado por motivos de salud tras contraer una neumonía que le dejaría secuelas respiratorias crónicas. Ni la enfermedad ni las detenciones posteriores, que se prolongaron hasta 1989, frenaron su producción literaria: de esos años son piezas como «Largo desolato», considerada por buena parte de la crítica su mejor obra teatral.

1989: una revolución sin un solo disparo

Cuando en el otoño de 1989 empezaron a caer, una tras otra, las dictaduras comunistas de Europa del Este —simbolizadas en la caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre—, Checoslovaquia no tardó en sumarse. Havel ayudó a fundar el Foro Cívico, la plataforma que canalizó las protestas populares, y se convirtió en su portavoz en las negociaciones con el primer ministro comunista. El régimen, ya sin apoyos, cedió antes de lo que nadie esperaba: el 29 de diciembre de 1989, apenas siete semanas después de las primeras grandes manifestaciones, la Asamblea Federal eligió a Havel presidente interino de Checoslovaquia. No hubo que lamentar ninguna víctima mortal en todo el proceso, de ahí el nombre con el que se recuerda: la Revolución de Terciopelo.

Presidente de dos países (y de ninguno a la fuerza)

Los checoslovacos confirmaron a Havel en las urnas en julio de 1990. Pero el país que había ayudado a liberar no tardó en dividirse: cuando checos y eslovacos optaron por separarse en dos estados, Havel, contrario a la ruptura, prefirió dimitir antes que presidir una disolución con la que no estaba de acuerdo. Dimitió en julio de 1992 y, apenas seis meses después, aceptó convertirse en el primer presidente de la recién nacida República Checa, cargo que revalidó en las elecciones de enero de 1998 y que ocupó hasta febrero de 2003. Durante esos años trabajó activamente por la integración de su país en la OTAN, lograda en 1999, y en la Unión Europea, que se materializaría ya sin él en el poder, en 2004; también fue una de las voces europeas que pidió con más insistencia la intervención internacional para frenar el genocidio en los Balcanes.

Su forma de entender la política dejó frases que le sobrevivieron: sostenía que «la política es la ética puesta en práctica» y que el amor y la verdad debían prevalecer, tarde o temprano, sobre el odio y la mentira — una filosofía que lo convirtió en un símbolo de la transición democrática mucho más allá de las fronteras checas.

La salud, sin embargo, no le dio tregua: en 1996 le diagnosticaron un cáncer de pulmón, la misma enfermedad a la que ese mismo año perdió a Olga, su primera esposa. Poco después arrastraría también problemas intestinales crónicos. En enero de 1997 se casó en segundas nupcias con la actriz Dagmar Veškrnová, 18 años menor que él, que lo acompañaría hasta el final.

Fuera ya de la política institucional, Havel mantuvo un rasgo que lo había acompañado siempre: cierto gusto por lo inesperado. En 1990, poco después de llegar a la presidencia, nombró «embajador especial ante Occidente para comercio, cultura y turismo» nada menos que a Frank Zappa —el músico cuya canción había dado nombre, sin saberlo, a la banda de rock que en 1976 había desencadenado la Carta 77—, para disgusto del Departamento de Estado estadounidense. El gesto, mitad simbólico y mitad provocación, resume bastante bien el tipo de estadista que fue: uno que nunca dejó del todo de pensar como disidente.

Ya retirado, continuó defendiendo los derechos humanos, impulsó el foro internacional Forum 2000 para el diálogo entre democracias y dirigió, además de escribir el guion, su última obra: la película «Odchazení» («La retirada»), estrenada en marzo de 2011, ya con la salud muy debilitada.

Un adiós que unió a medio mundo

Václav Havel murió mientras dormía en la madrugada del 18 de diciembre de 2011, en su casa de campo de Hrádeček, dos meses después de cumplir 75 años. El Gobierno checo decretó tres días de luto oficial y le concedió un funeral de Estado con honores militares: el 23 de diciembre, la catedral de San Vito, en el castillo de Praga, acogió una misa a la que asistieron representantes de más de treinta países, entre ellos Bill y Hillary Clinton, Nicolas Sarkozy y David Cameron, mientras la Filarmónica Checa interpretaba el Réquiem de Dvořák. La excanciller alemana Angela Merkel lo despidió como «un gran europeo»; el expresidente polaco Lech Wałęsa llegó a decir que debería haber recibido el Nobel de la Paz. Tras la ceremonia, y respetando la voluntad de la familia, fue incinerado en el crematorio praguense de Strašnice y sus cenizas reposan en el panteón familiar del cementerio de Vinohrady.

Legado: un aeropuerto, un premio y una frase que sigue citándose

El reconocimiento a Havel no se detuvo con su muerte. En 2012, el aeropuerto internacional de Praga pasó a llevar su nombre. Un año después, el Consejo de Europa instituyó en su honor el Premio Václav Havel de Derechos Humanos, que desde entonces distingue cada año a activistas y organizaciones que defienden esa causa en circunstancias arriesgadas. En vida había recibido ya galardones como el Premio Olof Palme (1989), el Carlomagno (1991), el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (1997), la Medalla Presidencial de la Libertad de Estados Unidos (2003) o el Premio Gandhi a la Paz (2004), además de decenas de doctorados honoris causa en universidades de todo el mundo.

Más allá de las distinciones, lo que queda de Havel es la combinación poco frecuente entre el escritor y el político: pocos dramaturgos han llegado a dirigir un país, y menos aún lo han hecho defendiendo, hasta el final, que la verdad y la decencia personal podían ser también una forma legítima de hacer política.

Última revisión editorial: 20 de agosto de 2026

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