Alaska, la reina de la Movida que nunca dejó de reinventarse
Hay artistas que pertenecen a un momento y artistas que pertenecen a todos los momentos. Alaska —Olvido Gara Jova en su nombre completo— pertenece sin duda a la segunda categoría. Icono fundacional de la Movida madrileña, presencia indestructible en la cultura pop española durante más de cuatro décadas, Alaska ha sobrevivido a todas las crisis, todas las modas y todos los pronósticos adversos para emerger siempre más vigente, más relevante y más ella misma. Su historia es la de una artista que entendió desde el principio que la autenticidad no es un punto de llegada sino un proceso permanente de autoconocimiento y reinvención.
Olvido Gara nació el 27 de junio de 1963 en Ciudad de México. Su familia era cubana de origen, exiliada en México a raíz de la Revolución. En 1970, cuando Olvido tenía siete años, la familia se trasladó a España, instalándose en Madrid. Esta infancia entre fronteras —cubana por herencia, mexicana por nacimiento, española por adopción— marcó profundamente la personalidad y la visión del mundo de quien se convertiría en uno de los personajes más originales e irreductibles de la cultura española contemporánea. La experiencia del desplazamiento, del ser de varios lugares y de ninguno completamente, se tradujo en una libertad singular: sin raíces obligatorias que defender, todo era posible.
Adolescente en el Madrid de mediados de los setenta, Olvido Gara fue una de las primeras en detectar las señales de que algo estaba a punto de cambiar. La muerte de Franco en 1975 liberó energías que habían estado comprimidas durante décadas, y la ciudad comenzó a transformarse a una velocidad que parecía imposible para quienes la habían conocido en los años del nacional-catolicismo. La joven que sería Alaska encontró en ese Madrid en ebullición su verdadero hogar: un espacio donde ser diferente no solo era tolerado sino celebrado, donde la excentricidad era un mérito en sí mismo.
Los orígenes: punk, Movida y las primeras bandas
La carrera artística de Alaska comenzó de manera meteórica cuando apenas tenía quince años. En 1978, a través de una conexión que mezcló el azar con la providencia, entró en contacto con el círculo de personas que estaban construyendo lo que sería la Movida madrileña: fotógrafos, músicos, cineastas, pintores, todos con la misma convicción de que había que romper con el pasado de la manera más radical posible. Alaska se incorporó a este universo con la naturalidad de quien ha encontrado exactamente el lugar donde pertenece.
Su primera banda fue Alaska y los Pegamoides, fundada en 1979 y pionera del punk y la new wave en España. El grupo mezcló la actitud agresiva del punk anglosajón con una estética kitsch y exagerada que lo distinguía de sus referentes internacionales: los Pegamoides eran demasiado teatrales para ser puramente punks, demasiado divertidos para tomarse en serio como provocadores. En este equilibrio imposible residía gran parte de su encanto. Canciones como «Horror en el hipermercado», «Bien» o el inmortal «Bailando» definieron un sonido y una actitud que resonó más allá de los círculos underground de la capital.
La participación de Alaska en la película Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) de Pedro Almodóvar convirtió su imagen en un elemento central del imaginario visual de la Movida. El film, rodado con medios mínimos pero con una libertad creativa total, fue una declaración de intenciones de toda una generación: que el ingenio, la energía y las ganas eran suficientes para crear arte sin necesidad de instituciones ni presupuestos. Alaska, con su pelo teñido, su maquillaje excesivo y su presencia escénica devastadora, era la encarnación perfecta de ese espíritu.
Dinarama y la conquista del pop mainstream
La transición de Alaska y los Pegamoides a Alaska y Dinarama en 1983 marcó uno de los giros más significativos de su carrera. El nuevo proyecto, formado junto al productor y músico Nacho Canut, representó un movimiento hacia el pop electrónico más accesible y comercial, sin abandonar la actitud irreverente que había caracterizado la etapa anterior. Este desplazamiento hacia el mainstream fue calculado pero no oportunista: Alaska y Dinarama no suavizaron su personalidad para caber en las listas de éxitos, sino que demostraron que era posible hacer pop masivo sin renunciar a la originalidad.
El álbum Deseo carnal (1984) fue el primer gran éxito de Dinarama, y canciones como «A quién le importa» —posiblemente la canción más emblemática de la carrera de Alaska— demostraron que el mercado pop español era capaz de absorber algo tan extraño y tan personal como la propuesta del grupo. «A quién le importa», con su letra de defensa de la diferencia y su melodía irresistible, se convirtió casi inmediatamente en un himno de toda una generación que se sentía diferente por cualquier razón: por ser gay, por vestir diferente, por pensar diferente, por venir de otro lugar.
El impacto de «A quién le importa» fue mucho más allá de las listas de éxitos. La canción se convirtió en uno de los himnos LGBTQ+ más importantes del pop español, interpretada en manifestaciones del Orgullo, citada en debates políticos y sociales, adoptada por generaciones de jóvenes que encontraron en ella la expresión exacta de algo que no sabían cómo articular por sí mismos. Décadas después de su lanzamiento, su relevancia social no ha disminuido, y su capacidad para emocionarse a quienes la escuchan en un contexto de reivindicación sigue siendo extraordinaria.
Otros álbumes de Dinarama —No es pecado (1986), Fan fatal (1989)— confirmaron la capacidad del grupo para producir pop de calidad sin perder su identidad. El éxito comercial fue acompañado por el reconocimiento crítico y por una presencia mediática que convirtió a Alaska en uno de los rostros más reconocibles de la cultura popular española de la segunda mitad de los años ochenta.
Fangoria y la reinvención electrónica
En 1989, Alaska y Nacho Canut iniciaron un nuevo proyecto bajo el nombre de Fangoria, que se convertiría en la fase más longeva y musicalmente más compleja de la carrera artística de Alaska. Si Dinarama había sido pop electrónico accesible, Fangoria fue una exploración más profunda y exigente de la música de baile, la electrónica y los sonidos sintéticos, influenciada por la corriente de la música de club que estaba revolucionando las pistas de baile europeas a finales de los ochenta y durante los noventa.
La paradoja de Fangoria es que, siendo el proyecto más arriesgado y menos comercialmente obvio de Alaska, terminó siendo el más duradero y el que más discografía acumuló. Con álbumes como Geometría descriptiva (1995), Naturalmente (1996), Absolutamente (1999), Arquitectura efímera (2001), La estatua del jardín botánico (2003), Canciones para robots románticos (2007), Un día cualquiera en Japón (2010), Queríamos tanto a Georgie (2013) y La gran fuga (2018), el grupo construyó una discografía que es, en conjunto, uno de los cuerpos de trabajo más coherentes y personales del pop español de las últimas décadas.
La voz de Alaska, que siempre había sido más un instrumento expresivo que un prodigio técnico en el sentido convencional, encontró en la producción electrónica de Fangoria un contexto que la ponía en valor de manera particular. Su timbre característico, entre frío y apasionado, entre distante e íntimo, encajaba perfectamente con las texturas sintéticas y los ritmos de baile del proyecto. Las letras, escritas en colaboración con Canut, alcanzaron en Fangoria una complejidad y un cuidado que las convirtió en algunas de las mejor escritas del pop español contemporáneo.
La dimensión cultural y el icono pop
Más allá de su carrera musical, Alaska se convirtió en un fenómeno cultural de primer orden que trascendía con mucho los límites del mundo del pop. Desde los años ochenta, su presencia en los medios de comunicación —televisión, radio, prensa— fue constante y multifacética: jurado en concursos de talentos, presentadora, colaboradora en programas de debate, escritora, actriz. Esta omnipresencia mediática, lejos de diluir su imagen, contribuyó a construir uno de los personajes más definidos y reconocibles de la cultura popular española.
Su identificación con la comunidad LGBTQ+ fue, desde el principio, explícita y orgullosa. Alaska fue una de las primeras figuras del pop español en visibilizar la diversidad sexual de manera abierta y sin complejos, en un momento en que hacerlo comportaba riesgos reales. Su relación con Nacho Canut, que es también su pareja sentimental desde los años ochenta, fue pública y nunca ocultada en una época en que muchos artistas preferían la ambigüedad calculada. Esta coherencia entre vida personal y posicionamiento público le granjeó una lealtad y un afecto por parte de la comunidad que va mucho más allá de lo que cualquier hit musical podría generar.
Su influencia en la moda y la estética fue igualmente profunda. La imagen de Alaska —el pelo negro teñido, el maquillaje expresionista, la ropa entre el glamour y lo kitsch— se convirtió en una referencia para generaciones de artistas, diseñadores y estilistas. Su disposición a explorar y exagerar la apariencia, a usar la imagen como un elemento más de la expresión artística, anticipó en décadas lo que las redes sociales y la cultura de la imagen harían eventualmente mainstream. En este sentido, Alaska fue una adelantada no solo en lo musical sino en lo visual y lo comunicativo.
La longevidad y el legado
Pocas figuras del pop español pueden exhibir una trayectoria tan larga y tan consistentemente relevante como la de Alaska. Activa desde 1978, su carrera abarca ya casi cinco décadas, durante las cuales ha sobrevivido a múltiples transformaciones de la industria musical —el fin del vinilo, la llegada del CD, el auge y caída del cassette, el MP3, el streaming— sin perder en ningún momento su vigencia ni su capacidad para conectar con nuevas generaciones de oyentes.
Esta longevidad no es producto del camuflaje ni de la adaptación oportunista al sabor del momento. Alaska no ha cambiado lo que es para seguir siendo relevante; ha sido relevante precisamente porque nunca ha cambiado lo esencial de lo que es. Su autenticidad radical —la convicción de que solo es posible hacer buena música desde un lugar de honestidad personal total— ha sido su único y más eficaz escudo contra la obsolescencia.
Sus canciones han formado parte de la educación sentimental de tres generaciones de españoles. «Bailando», «A quién le importa», «Perlas ensangrentadas», «Sólo se vive una vez», «La estatua del jardín botánico»: cada una de estas canciones marcó un momento, un estado de ánimo, una forma de ver el mundo que resonó en millones de personas. El hecho de que muchos de estos temas mantengan hoy su poder de convocatoria, que sigan sonando en emisoras de radio, en antenas de televisión y en listas de reproducción de plataformas digitales, es la prueba más elocuente de que hay en ellas algo que trasciende su contexto de producción.
En el panorama del pop en lengua española, Alaska ocupa un lugar que ningún otro artista puede reclamar: el de la figura que estuvo en el origen de todo, que participó en la invención de un nuevo lenguaje musical y cultural, y que todavía sigue siendo parte activa y relevante de la conversación contemporánea. Esa continuidad, esa permanencia sin fosilización, ese modo de ser siempre del presente sin negar el pasado, es acaso su logro más extraordinario y el que más dice de la solidez de su personalidad artística.