El Último de la Fila, la poesía y el blues que encontraron su hogar en el pop español
En el panorama del pop español de los años ochenta, El Último de la Fila fue una anomalía afortunada: un dúo barcelonés formado por Manolo García y Quimi Portet que hacía canciones sobre las mismas cosas de siempre —el amor, la pérdida, el tiempo, la melancolía— pero con una densidad poética y una riqueza de referencias culturales que el pop en castellano raramente había alcanzado antes. Desde su formación en Barcelona en 1984 hasta su disolución en 1996, El Último de la Fila construyó un catálogo que con el tiempo se ha revelado como uno de los más sólidos y más queridos del pop español de su época: canciones que no envejecen porque la manera de decir las cosas en ellas es tan exacta que el tiempo no las puede desgastar.
Manolo García y Quimi Portet se conocieron en los ambientes musicales de la Barcelona de principios de los años ochenta y empezaron a trabajar juntos con la claridad de dos personas que saben desde el primer momento que lo que están haciendo es lo que tienen que hacer. García aportó la voz —una de las voces más distintivas y más expresivas del pop español, capaz de pasar de la dulzura más íntima a la intensidad más desgarrada— y la parte más lírica de la composición, con letras que tenían la precisión de la buena poesía sin renunciar a la inmediatez de la canción popular. Portet aportó la arquitectura musical: un guitarrista y multiinstrumentista con una formación amplia que le permitía incorporar al pop de la banda referencias que iban desde el blues americano hasta la música árabe, desde el flamenco hasta el jazz.
El nombre del grupo —El Último de la Fila— tenía algo de la ironía melancólica que definiría su música: quien está al final de la fila llega siempre tarde, está siempre un paso detrás de donde quisiera estar, ve las cosas desde el ángulo de quien no consigue llegar. Esta posición de observador ligeramente excluido, que en la vida cotidiana es una fuente de frustración, en la música de García y Portet se convirtió en el ángulo desde el que la realidad se ve con más claridad.
Los primeros años y la conquista del público
Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana (1985), el debut del grupo, fue una de las sorpresas más gratas del pop español de mediados de los ochenta. El disco presentaba a un dúo que no sonaba como nadie más en el panorama español: el blues de Chicago y el folk americano filtrados a través de una sensibilidad mediterránea, letras que citaban desde García Lorca hasta el blues sin que ninguna de las referencias sonara impuesta o académica, y la voz de Manolo García, que desde el primer tema era inconfundible.
El álbum tuvo una recepción que superó las expectativas de una primera obra: había en él algo que el oyente español de mediados de los ochenta reconocía como verdadero, una autenticidad de la propuesta que en el contexto del pop de la época resultaba excepcional. Las canciones no intentaban imitar ningún modelo anglosajón ni quedarse dentro de ninguna de las modas de la Movida madrileña: eran simplemente lo que García y Portet sabían hacer, y lo que sabían hacer era bueno de una manera que no necesitaba de ninguna legitimación externa.
Enemigos de lo ajeno (1987) fue el álbum de la confirmación: más maduro, más elaborado, con una producción que hacía justicia a la riqueza de las canciones. El disco incluía algunos de los momentos más memorables de la discografía del grupo, y terminó de convencer a la crítica y al público de que El Último de la Fila era algo más que una propuesta interesante: era uno de los grandes grupos del pop español de su generación.
La voz de Manolo García
Hablar de El Último de la Fila sin detenerse en la voz de Manolo García es imposible, porque esa voz fue durante doce años la razón principal por la que la gente escuchaba la música del grupo con la atención que se presta a las cosas que importan de verdad. García tenía un instrumento vocal de una versatilidad y de una expresividad extraordinarias: podía ser tan íntimo que parecía que cantaba solo para quien le escuchaba, y podía abrirse hasta la intensidad más dramática sin perder nunca la naturalidad. Esta capacidad de moverse entre los extremos sin que ninguno pareciera forzado es el don que distingue a los grandes cantantes de los simplemente buenos.
Pero la voz de García no era solo un instrumento hermoso: era también una manera de decir las cosas. García cantaba como si las palabras le importaran, como si cada sílaba llevara un peso específico que el oído tenía que reconocer. Esta relación entre la voz y el texto —en la que la manera de cantar modifica y enriquece el significado de lo que se canta— es la marca de los intérpretes que, además de cantar, interpretan. En el pop en castellano, García fue durante su época con El Último de la Fila uno de los dos o tres intérpretes que hacían eso de manera sistemática.
Las letras: poesía en la canción popular
Las letras de El Último de la Fila, escritas principalmente por Manolo García, son uno de los elementos que más claramente distinguen al grupo en el contexto del pop español de los años ochenta y noventa. García escribía con una densidad de imágenes y de referencias que en la canción popular es poco frecuente: sus letras mencionaban a García Lorca y al blues del Mississippi, a la mitología clásica y al argot de barrio, a la historia española y a los viajes imaginarios, y todo ello con la naturalidad de quien maneja esos materiales desde hace tanto tiempo que ya no tiene que pensar en ellos.
Las imágenes de García eran concretas pero no banales, evocadoras pero no vagas, personales pero no herméticas. Tenían la virtud de las buenas letras de pop: eran comprensibles en una primera escucha pero revelaban más capas con cada escucha posterior. «Como un burro amarrado en la puerta del baile», «Insurrección», «La mala costumbre» —las mejores canciones del grupo son de esas que no se olvidan porque la manera en que están escritas impide que las palabras se separen de la melodía.
La música: el blues mediterráneo
El sonido de El Último de la Fila era, como ellos mismos lo describieron en alguna ocasión, un blues mediterráneo: el esquema armónico y emocional del blues americano procesado a través de la sensibilidad y el clima del Mediterráneo. Quimi Portet, responsable principal de la arquitectura musical del grupo, aportaba una sofisticación instrumental que no siempre era obvia pero que era siempre perceptible: las canciones de El Último de la Fila sonaban a canciones de pop, pero si se escuchaban con atención revelaban influencias de la música árabe, del flamenco, del jazz de cámara y de la música clásica española.
Esta riqueza de referencias, que nunca se imponía sobre las canciones sino que las enriquecía desde dentro, hacía que la música del grupo funcionara en varios niveles simultáneos: como pop directo para quien lo escuchaba de manera desprevenida, y como un objeto de mayor complejidad para quien prestaba atención a los detalles. Esta dualidad, que en el mejor pop siempre ha existido, en El Último de la Fila se manejaba con una elegancia y una coherencia que pocos grupos españoles de su época podían igualar.
La disolución y las carreras en solitario
El Último de la Fila se disolvió en 1996 tras doce años de carrera y ocho álbumes de estudio, dejando un legado que sus contemporáneos reconocieron inmediatamente y que el tiempo ha consolidado. La disolución no fue traumática ni rodeada de polémica: fue la decisión de dos músicos que habían llevado su proyecto hasta donde podía llegar y que preferían separarse con la elegancia de quien sabe cuándo ha terminado algo.
Manolo García inició una carrera en solitario que continuó con la misma calidad compositiva del grupo y que amplió su base de fans de manera considerable. Quimi Portet siguió como músico de sesión, productor y colaborador de otros artistas. Los dos han seguido siendo referencia del pop español muchos años después de que el grupo dejara de existir, lo cual dice algo sobre la calidad de lo que construyeron juntos: una obra que no necesita del grupo para existir porque existe en las canciones mismas.
En el mapa del pop español de los últimos cuarenta años, El Último de la Fila es el lugar donde la calidad poética y la accesibilidad popular encontraron un equilibrio que raramente se logra en la canción popular: el punto en que la música puede ser profunda sin ser difícil, exigente sin ser hermética, personal sin ser críptica. Ese equilibrio, que es el ideal de todo pop que se tome en serio, El Último de la Fila lo alcanzó durante doce años con una regularidad que muy pocos grupos de cualquier país o de cualquier época han conseguido.