Los Piratas

Los Piratas, el pop de guitarras madrileño que vivió sin red y sin concesiones En el pop español de principios de los años noventa, Los Piratas fueron el grupo que más consecuentemente demostró que el indie y el pop masivo no son categorías excluyentes: que se pueden hacer canciones de una calidad y de una…

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Los Piratas, el pop de guitarras madrileño que vivió sin red y sin concesiones

En el pop español de principios de los años noventa, Los Piratas fueron el grupo que más consecuentemente demostró que el indie y el pop masivo no son categorías excluyentes: que se pueden hacer canciones de una calidad y de una honestidad que el mercado alternativo reconoce como genuinas y que al mismo tiempo tienen la potencia melódica para llegar a un público que no se define a sí mismo como oyente de indie. El grupo madrileño formado en 1988 alrededor de Álex de la Iglesia —el cantante y compositor, sin ninguna relación con el director de cine del mismo nombre— fue durante sus años de mayor actividad uno de los proyectos de pop más coherentes y más queridos del panorama español: una banda que hacía lo que quería porque lo que quería era exactamente lo que necesitaba hacer.

El grupo se formó en Madrid en los últimos años de los ochenta, cuando la Movida había pasado su momento de mayor visibilidad mediática y la escena musical española empezaba a buscar nuevas referencias. Álex de la Iglesia, el motor creativo de Los Piratas, era el tipo de compositor que el pop español necesitaba en ese momento: alguien que había asimilado la lección del mejor pop anglosajón —el de los Buzzcocks, el de Elvis Costello, el de los mejores grupos de la escena de Creation Records— y que tenía la capacidad de aplicarla a canciones completamente propias, en castellano, desde Madrid, sin que nada sonara a imitación ni a deuda.

El nombre del grupo —Los Piratas— sugería irreverencia y libertad, la actitud de quien navega fuera de las aguas controladas por las instituciones. Era un nombre que encajaba perfectamente con la manera en que el grupo entendía su relación con la industria musical: no como una herramienta de marketing sino como un medio para llegar a la gente que quisiera escucharles. Los Piratas nunca buscaron el éxito a cualquier precio; buscaron hacer canciones buenas y confiaron en que las canciones buenas encontrarían a quien las necesitara.

Los primeros años y el descubrimiento de la voz propia

No pises mi terreno (1991), el debut del grupo, fue una entrada notable en la escena del pop alternativo español de principios de los noventa. El disco presentaba a un grupo que había encontrado su sonido antes de lo que los grupos de pop suelen encontrarlo: guitarras de timbre limpio con el crunch justo, ritmos que daban a las canciones el movimiento que necesitaban sin imponerse sobre las melodías, y por encima de todo la voz de Álex de la Iglesia, que cantaba con una urgencia y una naturalidad que en el pop español de la época eran poco frecuentes.

Las letras de los primeros discos exploraban el territorio del amor contemporáneo con una directness y una honestidad que el pop en castellano raramente había alcanzado hasta entonces. De la Iglesia escribía sobre las cosas que pasan entre las personas —el deseo, la incertidumbre, la comunicación que falla o que sorprende cuando funciona— con la precisión de alguien que las ha observado con atención y que ha encontrado las palabras exactas para describirlas. Esta capacidad de decir lo exacto sin esfuerzo aparente, que es el don de los buenos compositores de pop, definía a Los Piratas desde el principio.

El grupo tuvo también desde los primeros años una relación con el directo que era parte esencial de su propuesta. Los conciertos de Los Piratas eran eventos de una energía y de una honestidad que sus fans reconocían como la razón de seguir yendo a verles: no espectáculos elaborados sino encuentros directos con la música, en los que la calidad de las canciones y la convicción de quien las cantaba eran suficientes para sostener la noche.

La propuesta musical: pop con nervio

El sonido de Los Piratas era el de un grupo que conocía bien su tradición y que la había asimilado de manera tan profunda que ya no era posible distinguir la influencia de la voz propia. Las guitarras tenían algo del jangle pop de los grupos de indie británico de los años ochenta —de los Smiths, de Orange Juice, de los primeros discos de Creation Records— pero también algo de la tradición española del rock de guitarras, ese sonido que en los grupos de la Movida había comenzado a definirse y que Los Piratas refinaron con una precisión y una elegancia que sus predecesores no siempre habían alcanzado.

Las melodías eran la parte más reconocida de la propuesta del grupo: de la Iglesia tenía una facilidad para la melodía que en el pop es el don más raro y el más difícil de aprender. Sus canciones tenían el tipo de melodía que se queda: no la melodía obvia que el oyente adivina antes de escucharla, sino la que sorprende en el momento en que la escucha y que luego resulta imposible de olvidar. Esta combinación de sorpresa y memoria es la marca de las melodías que duran, y Los Piratas la alcanzaban con una regularidad que sus contemporáneos no podían igualar.

Las letras, que como en la mejor tradición del pop parecían simples en la superficie y revelaban más con cada escucha, hablaban de las cosas que a la gente le importan: el amor, la amistad, la ciudad, la relación con el tiempo y con los demás. De la Iglesia escribía sin artificios ni pretensiones, con el lenguaje de quien quiere que lo entiendan y no que lo admiren, y el resultado eran canciones que sus oyentes sentían como propias porque hablaban de cosas que ellos también habían sentido.

Los años de mayor proyección

A lo largo de la primera mitad de los años noventa, Los Piratas publicaron una serie de álbumes que los establecieron como uno de los nombres más queridos del pop alternativo español. La isla de Steamboat Willie (1993) fue especialmente significativo: un disco en el que la madurez compositiva que venía de los primeros años se conjugaba con una producción más elaborada para producir un conjunto de canciones que el tiempo ha confirmado como algunas de las mejores del pop español de su época.

La audiencia de Los Piratas era la de los oyentes que buscaban canciones bien escritas en lugar de canciones bien producidas, que preferían la honestidad de un grupo que hace lo que cree que debe hacer a la astucia de uno que calcula qué es lo que el mercado quiere. Esta audiencia es siempre menor en número que la del pop más convencional, pero es también más fiel y más entusiasta: los fans de Los Piratas no solo escuchaban los discos del grupo sino que los defendían, los recomendaban, los convertían en parte de su identidad cultural.

La disolución y el legado

Los Piratas se disolvieron a mediados de los años noventa, dejando una obra que en el momento de su disolución quizás no había recibido todo el reconocimiento que merecía pero que el tiempo se ha encargado de reivindicar. Las canciones del grupo, que en su momento sonaban a indie español de calidad, suenan hoy como documentos de un período específico del pop español: el de la generación que vino después de la Movida y que encontró en el pop de guitarras un idioma en el que expresar cosas que la Movida no había dicho.

La influencia de Los Piratas en el indie español posterior no es siempre declarada pero es perceptible: en el pop de guitarras que surgió en España a lo largo de los años dos mil, en los grupos que encontraron en la canción bien escrita —sin artificios de producción ni poses de imagen— la manera de conectar con su audiencia, hay algo de lo que Los Piratas habían demostrado en los primeros años noventa: que el pop puede ser honesto y seguir siendo pop, que la calidad de las canciones es más duradera que el éxito inmediato.

Álex de la Iglesia continuó con proyectos musicales después de la disolución del grupo, manteniendo la coherencia artística que había definido Los Piratas. Pero el nombre del grupo permanece como el de uno de los proyectos de pop más consecuentes del indie español de los noventa: la demostración de que se puede navegar por los mares del pop sin mapas ni brújulas institucionales, fiándose solo de las canciones y de la convicción de quien las canta. Eso es lo que hace un pirata de verdad.

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