Fito y Fitipaldis, el rock de verdad que encontró su público sin buscar atajos
En la historia del rock en castellano de los últimos veinticinco años, Fito y Fitipaldis representa uno de los fenómenos más singulares y más difíciles de explicar desde los paradigmas habituales del mercado musical: un grupo que partía de una propuesta sin concesiones a las tendencias del momento, que apostaba por un rock de raíces con más deuda con los Stones y con el blues americano que con cualquier corriente del pop español contemporáneo, y que sin embargo terminó convirtiéndose en uno de los grupos más queridos y más convocantes del rock en castellano. La trayectoria de Fito y Fitipaldis es la demostración de que la autenticidad, cuando es genuina y no una pose, termina por encontrar a quienes la necesitan.
El proyecto nació en Bilbao en 1998, de la mano de Adolfo Cabrales —conocido artísticamente como Fito—, quien venía de años de trabajo en el circuito del rock vasco y que había acompañado a Platero y Tú como colaborador y músico de apoyo. La decisión de lanzar un proyecto propio fue la de alguien que tenía claro lo que quería decir y que necesitaba el espacio para decirlo sin las limitaciones que siempre impone el trabajo en el interior de otro proyecto. Fito & Fitipaldis —el nombre surgió de un apodo que un amigo le había puesto a Cabrales y que él convirtió en la identidad de su banda— fue desde el principio un vehículo para un tipo de rock que en el panorama español de finales de los noventa no tenía un representante tan claro y tan consecuente.
Bilbao, la ciudad de donde venía Fito, no era en los años noventa un nombre central en el mapa del rock español, pero tenía una tradición de música en directo y de escenas alternativas que había formado a músicos con una relación con el rock muy diferente a la que se vivía en Madrid o Barcelona. Esta tradición vasca de la música en directo —el rock como práctica colectiva más que como producto de consumo— impregnó desde el principio la manera en que Fito & Fitipaldis entendía su trabajo: el directo como el espacio donde las canciones adquieren su sentido definitivo, no el estudio.
El sonido de las raíces y la voz que las habita
Por la boca vive el pez (1998), el álbum de debut del grupo, fue una declaración de intenciones que en el contexto del pop-rock español de finales de los noventa resultaba anacrónica en el mejor sentido del término: un disco que no intentaba sonar contemporáneo porque su punto de referencia no era la actualidad sino algo más permanente, la tradición del rock de raíces norteamericano —el blues, el country-rock, el rock sureño— traducida al castellano con una autenticidad que era posible porque Fito no estaba imitando un estilo sino habitando un lenguaje que era genuinamente suyo. Las canciones del debut tenían una calidad de honestidad difícil de encontrar en el pop español de la época: no había artificio, no había cálculo de mercado, no había nada que no fuera la música que Fito necesitaba hacer.
La voz de Fito Cabrales era y es el elemento más inmediatamente reconocible del proyecto: una voz rota y cálida al mismo tiempo, que tiene algo de los grandes cantantes de blues americano pero que suena inconfundiblemente española, con la textura y la emoción de alguien que ha cantado muchas noches en muchos locales y que sabe que la voz es el instrumento que más dice cuando se deja decir. En el pop español, donde la tendencia a la voz pulida y sin aristas es dominante, la voz de Fito era —y sigue siendo— un caso atípico: demasiado rugosa para el mainstream más comercial, demasiado emocionante para quedarse en el underground.
Las letras de los primeros álbumes exploraban el territorio de la experiencia cotidiana —el amor, los amigos, los bares, la carretera, la noche— con la sencillez aparente que es la marca de la buena escritura de canciones: decir cosas complejas con palabras simples, de tal manera que quien escucha reconoce en lo que oye algo que también ha sentido pero que no habría sabido articular. Fito escribía como habla la gente: sin pretensiones literarias pero con una precisión que demostraba que había pensado mucho en cómo decir exactamente lo que quería decir.
El crecimiento y los discos de madurez
Vivo, lo llevaré (2000) y Antes de que cuente diez (2003) fueron los álbumes en que Fito & Fitipaldis terminó de definir los contornos de su propuesta y empezó a encontrar la audiencia que todavía no sabía que los estaba buscando. El crecimiento del grupo fue el tipo de crecimiento más sólido que existe en la música: no el que produce un hit viral sino el que acumula escucha a escucha, concierto a concierto, la confianza de oyentes que descubren algo que les parece genuino y que lo recomiendan a quienes confían en su criterio. Este tipo de fidelización es lenta pero construye una base que no se desvanece cuando pasa la moda, porque no depende de ninguna moda.
El álbum Cada vez cadáver (2009) fue especialmente significativo: un disco en el que la madurez compositiva que venía de los años anteriores se conjugaba con una producción que servía a las canciones sin imponerse sobre ellas, y en el que algunas de las letras más densas de la carrera de Fito encontraban la música exacta que necesitaban. El disco fue también el de la consolidación definitiva del grupo como uno de los nombres más importantes del rock en castellano: llenaban recintos de tamaño considerable en toda España y su presencia en los festivales de rock era ya la de un cabeza de cartel natural.
A lo largo de los años diez, Fito & Fitipaldis siguió publicando música con la regularidad y la coherencia de un grupo que sabe lo que quiere y que tiene la confianza de una audiencia que espera cada nuevo disco con la certeza de que no va a decepcionarles. Rumba para las almas perdidas (2012), A puerta cerrada (2016) y los álbumes posteriores confirmaron que la propuesta del grupo no era la de un momento sino la de una manera de entender la música que tiene la solidez de lo que está construido sobre algo verdadero.
El directo como razón de ser
Si hay un elemento que distingue a Fito & Fitipaldis de la mayoría de los grupos de pop-rock español es la relación que mantienen con el directo. Para Fito y sus músicos, el concierto no es la extensión del disco sino el lugar donde las canciones adquieren su sentido definitivo: el espacio en que la música pasa de ser grabación a ser acontecimiento, de ser objeto a ser experiencia compartida entre quienes tocan y quienes escuchan. Esta concepción del directo como el corazón del proyecto, que tiene más que ver con la tradición del rock americano que con la del pop europeo, es lo que explica que los conciertos de Fito & Fitipaldis sean eventos de una energía y de una honestidad que sus fans describen en términos que van más allá de la valoración musical: eventos de conexión real, de emoción sin filtro.
La banda en directo —que ha incluido a lo largo de los años a músicos de gran nivel que comparten la misma concepción del rock como práctica colectiva— funciona como un organismo en el que cada integrante sabe exactamente cuál es su papel y lo ejecuta con la convicción de quien toca porque necesita tocar. El sonido en directo de Fito & Fitipaldis es más grande y más contundente que el del estudio, sin perder la calidez que las canciones necesitan para llegar donde tienen que llegar. Esa capacidad de mantener la intimidad de las canciones mientras se llenan recintos de miles de personas es uno de los logros más difíciles del directo y uno de los que el grupo ha conseguido de manera más consistente a lo largo de su carrera.
Rock en castellano de largo recorrido
En el panorama del rock en castellano de los últimos veinticinco años, Fito & Fitipaldis ocupa un lugar que ningún otro grupo ocupa de la misma manera: el del rock de raíces hecho en España con una autenticidad que no tiene nada de pose ni de revivalismo y que deriva de una relación genuina con la tradición del rock americano y del blues que Fito Cabrales ha cultivado toda su vida. Esta autenticidad, que en el mercado del pop es una rareza en cualquier época, es la que explica por qué la carrera del grupo ha seguido una trayectoria ascendente constante durante más de dos décadas: no hay corriente ni tendencia que pueda erosionar algo que no depende de las corrientes ni de las tendencias.
El legado de Fito & Fitipaldis es el de haber demostrado que el rock de verdad —el que tiene raíces, el que se toca con convicción, el que no pide permiso para sonar como suena— puede conectar con un público amplio en España sin tener que convertirse en otra cosa. Esa demostración, que antes de ellos no estaba garantizada, es quizás la contribución más duradera del grupo a la historia del rock en castellano.