Pereza, el indie madrileño que hizo del descaro y la elegancia una sola cosa
En el panorama del indie pop español de los primeros años del siglo XXI, Pereza fue el grupo que más consecuentemente demostró que la frivolidad puede ser una postura intelectual, que el descaro tiene sus propias exigencias, y que hacer canciones ligeras con la seriedad que merecen es una empresa artística tan legítima —y tan difícil de ejecutar bien— como hacer canciones graves. El dúo formado en Madrid por Leiva y Rubén Pozo construyó a lo largo de una década un catálogo de canciones que en la superficie sonaban a diversión y en el fondo escondían una sofisticación compositiva y una inteligencia lírica que la crítica española tardó en reconocer pero que el público intuyó desde el principio. La historia de Pereza es la de dos compositores que entendieron que la elegancia y el descaro no son términos contradictorios sino las dos caras de la misma moneda.
El grupo se formó en Madrid en torno al año 2000, cuando Leiva —Antonio García de Diego, guitarrista de formación rockera con una educación musical sólida— y Rubén Pozo —cantante con una voz inconfundible y una manera de gestionar el escenario que tenía tanto de comediante como de intérprete de pop— decidieron juntar sus propuestas y crear algo que no existía todavía en el indie español: un pop de guitarras brillante, frívolo con elegancia, que hablaba de los placeres y las decepciones cotidianas con la seriedad que esas cosas merecen cuando se toman en serio.
El nombre del grupo —Pereza— era una elección con varias capas de lectura. En la más superficial, era la declaración de un estado de ánimo, la reivindicación de un ritmo vital que el mundo contemporáneo tiende a condenar. En una lectura más profunda, era una trampa conceptual: un grupo que se llama Pereza y que luego demuestra, con la calidad y la consistencia de su trabajo, que la pereza era la postura más falsa que podían haber adoptado. Muy pocas bandas del indie español han trabajado tan duro o con tanta atención al detalle como lo hicieron Pereza en sus mejores años.
Los discos y la construcción de un universo propio
Pereza (2002), el álbum homónimo de debut, fue una entrada notable en la escena del indie español de principios de los dos mil: un pop de guitarras de una energía y de una ligereza aparente que en el contexto del indie más serio de la época resultaba refrescante y desestabilizadora al mismo tiempo. Las canciones del debut tenían la calidad que los debuts raramente tienen —una coherencia de tono y de propósito que sugería que el grupo sabía exactamente lo que quería ser— y también la frescura de quien todavía no ha tenido que calcular los efectos de lo que hace.
No me molestes, McSóley (2003) fue el álbum que empezó a colocar a Pereza en el mapa del indie español de manera más consistente. El título capturaba perfectamente el tono del grupo: irreverente, con humor, con una referencia a la cultura popular que tenía varias capas para quien quería leerlas. Las canciones seguían explorando el territorio de las relaciones cotidianas —el amor que comienza, el amor que termina, los amigos, los enemigos, los días sin importancia que sin embargo lo son— con la habilidad compositiva que distingue a los buenos grupos de pop de los mediocres: la capacidad de hacer que lo familiar suene nuevo.
Hasta el amanecer (2005) y Animales (2007) fueron los álbumes de madurez del grupo: discos en los que la propuesta que los primeros trabajos habían esbozado alcanzaba su plena realización, con canciones que demostraban que Leiva y Rubén Pozo habían convertido en sistema lo que al principio parecía instinto. La producción se hacía más elaborada sin perder la transparencia que las mejores canciones de pop necesitan; las letras ganaban en complejidad sin perder la directness que las hacía llegar a donde llegaban. Pereza era, en esos años, uno de los grupos más interesantes y más consistentes del indie español.
Las voces: Rubén Pozo como intérprete
La voz de Rubén Pozo es uno de los elementos más difíciles de describir y más fáciles de reconocer en el indie español. No era una voz académicamente perfecta ni una voz diseñada para impresionar: era una voz de intérprete en el sentido más honesto del término, una voz que servía a las canciones en lugar de imponerse sobre ellas, que encontraba en cada letra el tono exacto que la canción necesitaba —el cinismo, la ternura, la ironía, el deseo— y lo transmitía sin esfuerzo aparente. Esta naturalidad, que en el pop es la cualidad más difícil de conseguir y la más fácil de perder cuando uno empieza a calcularla, definía a Rubén Pozo como uno de los mejores intérpretes de su generación en el pop en castellano.
La combinación de la voz de Pozo con las guitarras de Leiva —que en el estudio era también el arquitecto de los arreglos y el responsable de que el sonido del grupo tuviera la coherencia que tenía— creaba una química que solo existe cuando dos músicos han encontrado la manera de complementarse sin anularse. Leiva aportaba la estructura y la sofisticación armónica; Pozo aportaba el impulso, la presencia física, la capacidad de hacer que las canciones llegaran a quien las escuchaba como algo que había pasado de verdad. Juntos eran más que la suma de sus partes, que es la definición más precisa de lo que hace que un dúo funcione.
La separación y las carreras en solitario
Pereza se disolvió en 2011, tras una década de trabajo que había producido seis álbumes de estudio y había instalado al dúo en el imaginario del indie español como uno de sus proyectos más queridos. La separación fue el resultado natural de dos carreras que habían crecido en paralelo dentro del grupo y que necesitaban espacio para seguir creciendo de manera independiente: tanto Leiva como Rubén Pozo tenían proyectos propios que aguardaban y que la disolución de Pereza les permitió desarrollar.
Las carreras en solitario de ambos confirmaron lo que la calidad de Pereza ya había anticipado. Leiva se convirtió en uno de los compositores y productores más solicitados del pop español, con una carrera propia que alcanzó el éxito de manera consistente y que lo estableció como una de las voces más interesantes del pop en castellano. Rubén Pozo siguió también su camino, con proyectos que exploraban diferentes dimensiones de lo que había empezado en Pereza. Que ambos hayan tenido carreras relevantes después del grupo es la mejor señal de que Pereza fue lo que fue gracias al talento genuino de sus dos protagonistas y no a ninguna alquimia irrepetible.
El legado del descaro elegante
El legado de Pereza en el indie español es el de haber demostrado que el pop puede ser inteligente sin ser pedante, que las canciones pueden ser frívolas sin ser superficiales, y que la elegancia y el descaro no son actitudes incompatibles sino complementarias cuando quien las usa tiene la habilidad suficiente para sostenerlas. En el panorama del indie español de los primeros años del siglo XXI, donde la seriedad era a menudo una postura y la frivolidad era a menudo una coartada, Pereza encontró un territorio propio que nadie había explorado antes y que nadie ha sabido habitar de la misma manera después de su disolución. Ese territorio —el del pop que se toma a sí mismo lo suficientemente en serio como para no tomarse demasiado en serio— es su contribución más duradera a la historia del pop español.
La influencia de Leiva como productor
Una de las dimensiones menos visibles pero más importantes del trabajo de Pereza fue la de Leiva como productor y arquitecto del sonido del grupo. Más allá de las guitarras y de las composiciones, Leiva fue el responsable de que el sonido de Pereza tuviera la coherencia y la elegancia que tenía: una producción que servía a las canciones sin imponerse sobre ellas, que sabía cuándo añadir una capa más y cuándo dejar el espacio que la melodía necesitaba para respirar. Esta habilidad de producción —que Leiva desarrollaría más tarde en su carrera como productor de otros artistas del pop español— era ya evidente en los discos de Pereza: el sonido del grupo no era accidental sino el resultado de decisiones cuidadas en cada detalle.
La herencia de Leiva como productor es también parte del legado de Pereza en el indie español: la generación de músicos que se formó escuchando los discos del dúo aprendió también que la producción es una forma de composición, que las decisiones de sonido son tan importantes como las de melodía y letra, y que el pop bien producido es aquel en que la producción es invisible porque está completamente al servicio de las canciones. Esa lección, que en el indie español de principios de los dos mil no era en absoluto obvia, fue parte de lo que Pereza dejó al panorama que vino después de ellos.