Cómplices, el pop de la melodía perfecta y la voz que la hacía eterna
En el pop español de finales de los años ochenta y principios de los noventa, Cómplices fue el grupo que demostró con más claridad que la melodía, cuando es realmente buena, es suficiente. El dúo formado en Madrid por Fernando Amor y Cristina del Valle construyó a lo largo de sus años de mayor actividad un catálogo de canciones de pop melódico de una calidad formal que sus contemporáneos raramente igualaron: melodías que se quedaban para siempre, armonías vocales que hacían que la suma de las dos voces fuera incomparablemente más rica que cualquiera de las dos por separado, y letras que hablaban del amor y de la vida cotidiana con una precisión y una honestidad que el pop español de la época no siempre supo alcanzar. En el panorama del pop español, el nombre de Cómplices es sinónimo de una manera de entender la canción que tiene la integridad de lo que se construye sin atajos.
El grupo se formó en Madrid en 1985, cuando Fernando Amor y Cristina del Valle —que se habían conocido en los circuitos de la música madrileña de la época— decidieron unir sus voces y sus sensibilidades en un proyecto común que ninguno de los dos habría podido realizar por separado. Amor aportaba la vertiente de compositor y guitarrista, con una capacidad para la melodía que era el corazón del proyecto; Del Valle aportaba una voz de soprano con una calidez y una claridad que hacía que las canciones llegaran exactamente donde necesitaban llegar. La complementariedad de los dos era la de esos casos raros en que la suma produce algo cualitativamente diferente a las partes.
El nombre del grupo —Cómplices— apuntaba a la naturaleza del vínculo entre los dos miembros y a la relación que el grupo quería establecer con su público: una complicidad, una alianza basada en la confianza y en el reconocimiento mutuo. En el contexto del pop español de finales de los ochenta, donde los grupos tendían a presentarse con distancia o con la pose de quien no quiere que lo vean demasiado, la apuesta por la complicidad —por la cercanía— era una declaración de intenciones sobre el tipo de música que Cómplices quería hacer.
El sonido y las voces: la complementariedad como método
Lo que definía el sonido de Cómplices desde el primer álbum era la relación entre las dos voces: una armonía vocal que tenía la naturalidad de lo que se construye con paciencia y con la conciencia de que las dos voces deben servir a la canción y no competir entre sí. Cristina del Valle llevaba la melodía principal con una claridad y una emoción que eran el vehículo más directo de las canciones; Fernando Amor aportaba las armonías y el contrapunto que daban a las canciones la profundidad que una sola voz no puede dar. Esta relación —melodía y armonía, primer plano y fondo— era la misma que en los grandes dúos vocales de la historia del pop había producido los resultados más duraderos, y en el pop español de la época Cómplices era el ejemplo más conseguido de ese modelo.
Las guitarras acústicas eran el elemento instrumental más característico del sonido del grupo: un acompañamiento que servía a las canciones sin imponerse sobre ellas, que daba a los temas la calidez de lo acústico sin la rugosidad del rock. Esta elección instrumental —deliberadamente alérgica al electricismo que dominaba el rock español de la época— posicionaba a Cómplices en un espacio propio: ni el indie de guitarras eléctricas ni el pop de teclados que venía del new wave, sino algo más cercano al pop melódico de la mejor tradición anglosajona, de Simon y Garfunkel a los Beatles más acústicos.
Los álbumes y los temas que definieron una época
Cómplices (1988), el álbum homónimo de debut, presentó al grupo ante el público español con una madurez y una consistencia poco habituales en un primer disco. Las canciones mostraban ya la voz perfectamente formada del proyecto: melodías de primer orden, armonías vocales que elevaban cada tema, letras que hablaban de cosas reconocibles con la sencillez y la exactitud que el pop necesita para llegar a quien lo escucha. El debut fue bien recibido en los circuitos del pop español y comenzó a construir la audiencia fiel que acompañaría al grupo durante toda su carrera.
Con otro corazón (1990) fue el álbum que llevó a Cómplices al primer plano del pop español: un disco de una calidad y de una coherencia que confirmaban todo lo que el debut había prometido y que añadía canciones que se convertirían en algunas de las más queridas de la discografía del grupo. «Quiero ser», el single que lanzó el álbum, fue uno de los grandes éxitos del pop español de principios de los años noventa: una canción que reunía todos los elementos del mejor pop melódico —la melodía que se queda desde la primera escucha, la letra que dice algo que todo el mundo ha pensado pero que nadie había sabido articular tan bien, la voz que transmite exactamente lo que la canción necesita transmitir.
Los álbumes que siguieron a Con otro corazón siguieron la misma línea de calidad sostenida: un pop de melodías inmaculadas que mantenía la fidelidad de una audiencia que había aprendido a confiar en que Cómplices no iba a defraudarles. Esta consistencia, que en el pop es la virtud más difícil de mantener a lo largo del tiempo, era el resultado de la solidez del proyecto: dos compositores e intérpretes que sabían exactamente lo que querían hacer y que tenían el talento para hacerlo bien.
Las letras: lo cotidiano elevado
Las letras de Cómplices —escritas principalmente por Fernando Amor en colaboración con Cristina del Valle— tenían la virtud de lo que en poesía se llama la concisión: decir mucho con poco, encontrar la imagen exacta que resume una experiencia sin necesidad de explicarla. Escribían sobre las cosas que le pasan a todo el mundo —el amor que comienza, el amor que cambia, la duda, el deseo, la soledad que no siempre es tristeza— con una precisión que hacía que los oyentes sintieran las canciones como propias. Esta capacidad de lo particular para volverse universal cuando está bien escrita es la marca del pop que dura.
Las canciones de Cómplices evitaban tanto el sentimentalismo fácil como la distancia irónica que el pop sofisticado tiende a interponer entre la emoción y quien la escucha. Escribían con la valentía emocional de quien sabe que la emoción directa es el camino más difícil y el más honesto, y el resultado eran canciones que llegaban sin filtros al lugar donde las canciones deben llegar. En el pop español de finales de los ochenta y principios de los noventa, donde la pose era frecuente y la honestidad era un riesgo que muchos grupos no estaban dispuestos a correr, Cómplices eligieron siempre la honestidad.
El legado del pop melódico
En el mapa del pop español de los últimos cuarenta años, Cómplices ocupa el lugar que le corresponde a los grupos que eligieron la melodía sobre la pose y la honestidad emocional sobre el cálculo de mercado. Su catálogo —compacto, coherente, sin un disco que no aporte algo— es uno de los más fiables del pop español de su época: cada álbum entrega lo que promete con la consistencia de un proyecto que sabe lo que es y no tiene necesidad de ser otra cosa. Esa claridad de identidad, que en el mercado del pop es una rareza, es también la razón por la que las canciones de Cómplices siguen sonando bien décadas después de haber sido escritas: no envejecen porque no dependían de las modas sino de algo más permanente, la calidad de la melodía y la honestidad de la emoción.
La persistencia de las melodías
Lo que más claramente distingue el catálogo de Cómplices de la mayoría del pop español de su época es la persistencia de las melodías: canciones que, décadas después de haber sido escritas, siguen circulando en la memoria de quienes las escucharon en su momento y que descubren con la misma fuerza quienes las encuentran por primera vez. Esta capacidad de las melodías para sobrevivir al tiempo que pasa es la única prueba definitiva de que una canción pop es verdaderamente buena, y el catálogo de Cómplices la supera con una consistencia que pocos grupos del pop español de los años ochenta y noventa pueden igualar.
La razón de esta persistencia es sencilla: Fernando Amor tenía el don de la melodía buena, la que sorprende en el momento en que la escuchas y luego resulta imposible de olvidar. Las melodías de Cómplices no seguían las convenciones del pop español de su época sino las de los grandes compositores de pop de la tradición anglosajona: eran melodías con intervalos inesperados, con frases que resolvían donde nadie esperaba que resolvieran, con una lógica interna que hacía que la canción pareciera inevitable una vez que se había escuchado aunque hubiera sido imposible de predecir antes. Este tipo de melodía —la que es a la vez sorprendente e inevitable— es el índice más fiable de la calidad de un compositor de pop, y en Cómplices estaba siempre presente.