Celtas Cortos, el folk celta de Valladolid que llegó a todos los festivales de España
En el mapa del folk y del rock de raíces en España, Celtas Cortos ocupa una posición que ningún otro grupo ha podido arrebatarles: la de haber tomado la tradición de la música celta —los instrumentos, los ritmos, la energía física de la gaita y del bodhrán— y haberla mezclado con el rock y el pop de una manera que no era fusión sino síntesis genuina, algo nuevo que no existía antes de que ellos lo inventaran y que definió un género entero para la música española de finales del siglo XX. El grupo vallisoletano formado en 1986 fue durante sus mejores años el proyecto más original y más vitalmente contagioso del folk rock español: una banda que llenaba festivales de verano con una energía que pocas músicas pueden generar y que construyó en torno a sus canciones y a sus conciertos una cultura de pertenencia que sobrevivió a los años de mayor actividad y que sigue presente en quienes los descubrieron en esa época.
El grupo se formó en Valladolid en 1986, en un momento en que la ciudad castellana no era un nombre particularmente relevante en el mapa de la música española. La elección de trabajar con instrumentos celtas —gaitas, flautas, violines, la percusión tradicional— fue la que definió desde el principio la identidad del proyecto: Celtas Cortos no eran un grupo de rock que añadía instrumentos folk como decoración, sino un grupo que entendía la música celta como punto de partida y que construía sobre ella una propuesta que integraba el rock como lenguaje contemporáneo sin que ninguno de los dos elementos se subordinara al otro. Esta síntesis, que en teoría era difícil de conseguir sin que el resultado sonara a collage, funcionó porque los músicos del grupo conocían ambas tradiciones desde adentro y tenían la habilidad para fundirlas.
El nombre del grupo —Celtas Cortos— era una broma que se revelaba como algo más: un guiño al nombre de los famosos Cortos Malteses de Hugo Pratt pero también una reivindicación de la herencia celta de Castilla, que la historiografía popular española tiende a olvidar en favor de la imagen más convencional de Castilla como tierra de meseta y de castellano. Que un grupo de Valladolid reivindicara la herencia celta era una declaración de identidad que iba contra los tópicos y que decía algo sobre la manera en que el grupo entendía su relación con las tradiciones: no como herencias fijas sino como materiales vivos que se pueden usar de maneras inesperadas.
El sonido: gaitas, rock y la fiesta como argumento
El sonido de Celtas Cortos era difícil de clasificar pero fácil de reconocer: la gaita en primer plano, el violín tejiendo melodías encima del rock de guitarras, la percusión alternando entre el bodhrán y la batería eléctrica, y por encima de todo la energía de un grupo que entendía la música como una celebración colectiva, como una invitación a bailar y a cantar que ningún oyente con algo de ritmo podía resistir. Este sonido festivo y comunitario era el que hacía de los conciertos de Celtas Cortos algo diferente a la mayoría de los conciertos de rock español de la época: no el ritual de veneración al artista sino la fiesta en la que el artista y el público son coautores de lo que está pasando.
Cuéntame un cuento (1989), el álbum de debut del grupo, fue una sorpresa para el mercado español: un disco que no se parecía a nada de lo que se estaba haciendo en el pop o el rock español de la época, con canciones que mezclaban la gaita y el rock con una naturalidad que hacía que la mezcla pareciera obvia cuando en realidad era el resultado de un trabajo cuidadoso. Las canciones del debut mostraban ya los rasgos que definirían al grupo a lo largo de su carrera: la energía física de la música en vivo, la accesibilidad de las melodías, la capacidad de hacer que algo complejo sonara sencillo.
20 de abril (1992) fue el álbum que instaló a Celtas Cortos en el primer plano de la música española y que contenía algunas de las canciones más queridas de su discografía. El tema que daba título al álbum —una canción sobre la reivindicación del cannabis que se convirtió en un himno generacional— fue especialmente significativo: no solo por su contenido sino por la manera en que Celtas Cortos lo abordaron, con la naturalidad de quien trata un tema serio sin pretensiones de gravedad y con la habilidad de hacer una canción que fuera a la vez política y divertida. Esta capacidad de combinar el mensaje con la celebración fue una de las marcas de identidad del grupo.
Los festivales y la cultura del verano
Los conciertos de Celtas Cortos en los festivales de verano español se convirtieron a lo largo de los años noventa en uno de los ritos de la música española: actuaciones que generaban la energía de una fiesta colectiva, en las que el público cantaba, bailaba y participaba de una manera que pocos grupos de rock en castellano han conseguido generar. Esta relación con el directo, que era el corazón del proyecto más que el estudio, fue también la que construyó la fidelidad de una audiencia que venía a los conciertos de Celtas Cortos no solo a escuchar canciones sino a vivir algo que no se puede reproducir en casa: la experiencia colectiva de la música como celebración.
La presencia de Celtas Cortos en los festivales de folk y rock que florecieron en España a lo largo de los años noventa fue determinante para la consolidación de esa escena: el grupo era a menudo el cabeza de cartel que garantizaba la asistencia y que demostraba que el folk celta podía tener la misma convocatoria que el rock más convencional. Esta función de puerta de entrada al folk celta para una generación de oyentes españoles es uno de los legados menos visibles pero más reales del grupo: muchos de los aficionados al folk que encontraron la música tradicional celta a través de Celtas Cortos siguieron explorando el género mucho más allá de lo que el grupo había mostrado.
Las letras: la identidad y la celebración
Las letras de Celtas Cortos —escritas principalmente por Jesús Cifuentes, la voz del grupo— combinaban la reivindicación de identidades colectivas con la celebración de la vida en sus formas más directas. Había canciones sobre la herencia celta de Castilla, sobre la naturaleza, sobre las fiestas y los ritos colectivos, pero también canciones sobre el amor, la amistad y la vida cotidiana de la juventud española de los años noventa. Esta combinación de lo mítico y lo cotidiano, de lo histórico y lo inmediato, era lo que daba a las letras del grupo su rango dinámico: podían hablar de un rey celta o de una tarde de verano con el mismo convencimiento y la misma habilidad para que los oyentes se reconocieran en lo que escuchaban.
El compromiso político y social que asomaba en algunas de sus canciones —la defensa del cannabis en «20 de abril», la reivindicación de las culturas periféricas, la crítica implícita al centralismo cultural— era una constante que el grupo articulaba sin estridencias ni poses, con la naturalidad de quien tiene esas convicciones integradas en su manera de ver el mundo y que las expresa en la música de la misma manera en que expresa cualquier otra cosa que le importa.
El folk celta como herencia española
El legado de Celtas Cortos en la historia de la música española es múltiple: son los creadores del folk-rock celta en castellano como propuesta viable de mercado; son una de las razones por las que el folk tiene en España una audiencia que en otros países de su tamaño no tiene; y son uno de los grupos que más claramente demostraron que la música de raíces puede ser también música popular en el sentido más amplio del término, música para todo el mundo. La energía de sus conciertos, la calidad de sus canciones y la coherencia de su propuesta a lo largo de más de tres décadas los convierten en una referencia indiscutible de la música española contemporánea.