José María Cano — Compositor de Mecano

José María Cano es el compositor y guitarrista de Mecano, el grupo madrileño que entre 1981 y 1992 fue el proyecto de pop en español de mayor éxito internacional de la historia, y uno de los compositores de canciones más extraordinarios que ha producido la música popular española: alguien que escribió melodías perfectas con letras…

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José María Cano: el compositor que escribió el pop español más universal

Hay compositores que escriben canciones, y hay compositores que escriben canciones que no se olvidan. José María Cano pertenece a la segunda categoría de una manera que pocos compositores del pop en español han alcanzado: sus canciones —escritas para Mecano, el grupo que fundó con su hermano Nacho y con Ana Torroja a principios de los años ochenta— tienen esa cualidad de lo inevitable que distingue a los grandes estándares de la canción popular de las buenas canciones que se recuerdan durante un tiempo y luego se olvidan. «Hijo de la luna», «Cruz de navajas», «Me cuesta tanto olvidarte», «Maquillaje»: son títulos que cualquier persona que haya crecido en España en las últimas cuatro décadas reconoce de inmediato, y esa familiaridad universal es el testimonio más elocuente del talento de quien las escribió.

El compositor desde el principio

José María Cano nació en Madrid en 1959, cuatro años antes que su hermano Nacho. Desde muy joven mostró una inclinación hacia la composición que no era solo afición sino vocación: la capacidad para construir melodías que pegaban en la memoria desde la primera escucha y para acompañarlas con letras que decían algo que el oyente sentía que estaba esperando escuchar. Esa doble capacidad —para la melodía y para la letra— es la combinación más difícil en la composición de canciones pop, y José María Cano la tenía de manera natural, como un don que no necesitó mucho tiempo de formación para manifestarse con plena claridad.

La formación musical formal de Cano fue limitada, pero su formación como oyente fue amplia: escuchó con la misma atención el pop anglosajón de los sesenta y setenta que era la referencia de su generación, la música clásica que le llegó por los cauces habituales de la educación de la época y la tradición de la canción española que era el ambiente sonoro de la ciudad donde creció. De esa combinación heterogénea nació un lenguaje compositivo que era genuinamente propio: reconociblemente pop pero con una densidad melódica y una ambición lírica que lo diferenciaban de la mayoría de los compositores de pop en español de su época.

Las canciones: arquitectura perfecta

Las canciones de José María Cano tienen una arquitectura que no es el resultado del azar sino de una inteligencia musical muy específica: la de alguien que sabe exactamente adónde quiere llegar con cada canción y que construye el camino para llegar allí con la precisión del artesano que no desperdicia un movimiento. Sus estribillos son memorables porque lo que resuelven —la tensión melódica y emocional que las estrofas han creado— es exactamente lo que el oyente esperaba sin saber que lo esperaba, y esa satisfacción de la expectativa es el mecanismo básico de toda gran canción pop.

Pero lo que distingue a las mejores canciones de Cano del pop convencional es que ese mecanismo está al servicio de algo más: de una idea, de una imagen, de una historia que tiene un peso propio más allá de la melodía que la lleva. «Hijo de la luna» no es solo una gran melodía; es una historia con estructura de cuento popular que funciona a varios niveles simultáneos y que por eso ha sobrevivido a las modas de la época en que fue escrita. «Cruz de navajas» no es solo un estribillo pegadizo; es una historia de adulterio y crimen con una arquitectura narrativa que debe tanto a la literatura como a la canción. Esa dimensión literaria —rara en el pop, rarísima en el pop en español de los años ochenta— es la marca más distintiva de la obra de José María Cano como compositor.

Las letras: entre la fantasía y la emoción

Las letras de José María Cano en los discos de Mecano cubren un territorio temático muy amplio que va desde el surrealismo más desenfadado hasta la emoción más directa, pasando por la reflexión filosófica, el humor, la crítica social y la fantasía literaria. Esa amplitud temática es una de las razones de que la discografía de Mecano mantenga su interés después de tantos años: hay en ella canciones para todos los estados de ánimo y todos los momentos de la vida, escritas con la calidad de alguien que no se conforma con la primera idea sino que trabaja hasta encontrar la formulación exacta.

La manera en que Cano maneja el idioma en sus letras es también notable: escribe en un español que es coloquial sin ser vulgar, preciso sin ser pedante, imaginativo sin ser oscuro. Esa accesibilidad —que es el resultado de una elección consciente, no de una limitación— es la que hace que sus letras lleguen a oyentes de edades y formaciones muy diferentes, y es también la que ha permitido que sus canciones se traduzcan y se versionen en tantos idiomas sin perder demasiado en la transposición, porque lo que llevan debajo de las palabras —la emoción, la imagen, la historia— es más universal que el idioma en que se expresan.

La ambición de «Aidalai» y el final de Mecano

Aidalai (1991) fue el álbum en que la ambición compositiva de José María Cano alcanzó su expresión más elaborada: un disco conceptual, el primero en la historia de Mecano, construido en torno a temas filosóficos y existenciales que estaban muy lejos del pop ligero que el gran público asociaba con el grupo. El álbum fue recibido con respeto pero también con cierta perplejidad por parte de un público que esperaba encontrar en él la continuación directa de los éxitos anteriores, y mostró que Cano estaba dispuesto a sacrificar la comodidad del éxito asegurado en nombre de una visión artística que iba más allá de lo que el mercado pedía.

La disolución de Mecano en 1992 puso fin a una de las carreras colectivas más brillantes de la historia del pop en español. José María Cano no participó en la reunión del grupo en 2009, lo que convirtió esa gira en un fenómeno sin su pieza central: las canciones estaban, la voz de Ana Torroja estaba, pero el compositor que las había escrito había decidido seguir su propio camino fuera de Mecano. Esa decisión, que sorprendió a muchos, era coherente con la trayectoria de un artista que siempre había puesto la integridad artística por delante de las consideraciones comerciales.

La pintura y la segunda vida artística

Después de Mecano, José María Cano desarrolló una segunda carrera como artista plástico que ha tenido un reconocimiento significativo en el mundo del arte contemporáneo. Sus pinturas —de gran formato, con una estética muy personal que mezcla el hiperrealismo con elementos surrealistas— muestran que el mismo talento para la imagen que hacía que sus letras fueran visuales y concretas también funciona en el plano pictórico. Esa doble condición de músico y pintor es poco habitual y revela un artista cuya capacidad creativa no está confinada a un único medio sino que busca siempre nuevas formas de expresión.

El legado: las canciones que no se olvidan

El legado de José María Cano en la historia de la música popular española es el del compositor que escribió el pop en español más universal que ha existido: canciones que han cruzado todas las fronteras —geográficas, generacionales, culturales— y que siguen funcionando décadas después de haber sido escritas porque tienen algo que los grandes estándares de la canción popular siempre tienen y que es muy difícil de fabricar: la sensación de que son inevitables, de que no podrían ser de otra manera sin ser peores. Ese es el criterio que distingue a las grandes canciones de las buenas canciones, y por ese criterio el catálogo de José María Cano para Mecano es una de las cimas de la canción popular en español, sin equivalente antes y sin sucesor claro después.

Hay en el legado de José María Cano una dimensión que conviene subrayar porque es la menos evidente pero tal vez la más duradera: la de artista que amplió el horizonte de lo que el pop en español podía hacer sin renunciar a ninguno de los elementos que hacen del pop una forma de arte accesible. Antes de Mecano, el pop en español tendía o hacia la simplicidad del mercado o hacia la complejidad del arte sin público. Cano demostró que no tenía que ser así, que era posible escribir canciones que fueran a la vez perfectas como pop y con una dimensión literaria y emocional que las situara en otra categoría. Esa demostración, realizada canción a canción durante una década, es probablemente su contribución más duradera a la historia de la música popular española.

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