Eduardo VIII renunció al trono de Inglaterra el 11 de diciembre de 1936 por el amor de su vida, Wallis Simpson

El suyo no fue un amor cualquiera. El primogénito de los monarcas Jorge V y María de Teck se enamoró perdidamente de Wallis Simpson, una rica estadounidense dos veces divorciada, cuya relación provocó no sólo una crisis constitucional, sino que además fue la razón por la que un rey reunició a su trono. Eduardo VIII, después duque de Windsor, se tomó muy en serio lo de que el amor puede con todo y, después de convertirse en rey de Inglaterra tras la muerte de su padre, Jorge V, el 20 de enero de 1936, decidió abdicar por amor el 11 de diciembre de ese mismo año. A partir de ahí…. el rumbo de la historia cambió.

“Yo, Eduardo VIII de Gran Bretaña, Irlanda y los Dominios británicos de Ultramar, Rey, Emperador de la India, por la presente declaro mi decisión irrevocable de renunciar al trono para mi y mis descendientes, y mi deseo de que este instrumento de abdicación tenga efecto inmediato”, recogía el documento oficial en el que anunciaba su abdicación el 10 de diciembre de 1936.

Horas después, el hijo de Jorge V ofreció un sincero discurso en la BBC en el que argumentó las razones que le habían llevado a tomar la decisión que cambió el rumbo de la Corona británica. “Hace unas horas he cumplido con mi último deber como Rey y Emperador. Ahora que mi hermano me ha sucedido, mis primeras palabras son para reconocerlo como mi soberano. Lo hago de todo corazón… Deben creerme cuando les digo que se me ha hecho imposible portar el pesado fardo de responsabilidades y asumir mis deberes de Rey sin la ayuda y el apoyo de la mujer que amo”, confesó. Así, su hermano tomó (por obligación, que no por devoción) el relevo de su hermano bajo el nombre de Jorge VI, y Eduardo pudo empezar su nueva vida junto a la mujer que amaba.

Eduardo VIII vio cumplido su deseo el 3 de junio de 1937 cuando contrajo matrimonio con Wallis Simpson en una íntima ceremonia a la que sólo asistieron sus amigos más cercanos y que tuvo lugar en el castillo francés de Cande. De hecho, no acudió ningún miembro de la Familia Real y fueron muchos los británicos que no aceptaron de buen grado su decisión. Ya convertidos en marido y mujer, aprovecharon para viajar por todo el mundo y establecieron su residencia en Francia. El hijo de Jorge V, que renunció a los lujos y las comodidades de la Corte, vivió bajo el título de Su Alteza Real el duque de Windsor, extensivo a su esposa, aunque ésta, sin la dignidad de Alteza Real, un gesto que disgutó mucho a la pareja.

Al estallar la Segunda Guerra Mundial tuvieron que exiliarse a las Bahamas, por entonces colonia británica, y Eduardo fue nombrado Gobernador General, cargo que desempeñó hasta 1945. Después, regresaron a su amado París, donde a menudo acudían como invitados de lujo a numerosas y exclusivas fiestas, algunas en el palacio de Versalles. Eso sí, además de la expectación que causaban juntos, había otras grandes protagonistas: las espectaculares joyas que lucía Wallis Simpson, emblemáticas piezas que tienen un incalculable valor artístico e histórico.

Sin hijos, el malogrado heredero falleció en su casa de París el 28 de mayo de 1972 y el servicio funeral se celebró en la capilla de St. George, en el castillo de Windsor, el 5 de junio en presencia de la reina, la familia real y la duquesa de Windsor. Catorce años después, el 24 de abril de 1986, fallecía su esposa y, aunque Eduardo quería descansar en el Cementerio Real de Frogmore, Berkshire (Inglaterra), donde pensaba que iba a ser enterrada su esposa, sus restos mortales descansan juntos al Oeste de Londres, cerca del castillo de Windsor.

Si Eduardo VIII de Inglaterra no hubiera renunciado al trono del Imperio británico por el amor de una mujer, casi con toda seguridad su sobrina Isabel II, que acaba de celebrar su Jubileo de Diamante (60 años en el trono), nunca hubiera sido Reina. Al menos, la actual soberana del Reino Unido no había nacido para reinar ni tampoco recibió una educación con ese objetivo, al igual que no había nacido para ese cargo su padre, Jorge VI, que según se dice cuando se enteró de que su hermano mayor había abdicado exclamó aterrado: “¡No es posible, no es posible!”.

Fuente: hola.com





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