El cristianismo se extendió por todo Europa de la mano de los misioneros y fue St Columba el que lo llevó a Escocia, por entonces habitada por tribus celtas. La Isla de Iona recibió en el año 563 d.C a este misionero irlandés que había sido expulsado de su tierra por verse involucrado en una guerra civil. Exiliado entonces fundó una comunidad monástica y aunque murió apenas cuatro años más tarde sentó las bases del cristianismo en Escocia. Claro que la construcción de entonces no ha quedado totalmente en pie y solo quedan algunas descripciones escritas.

El caso es que los ataques vikingos obligaron  a la comunidad a mudarse a Kells alrededor del año 800, pero alrededor de 1200 una comunidad benedictina se estableció de nuevo. Son los edificios de este monasterio y convento los que vemos hoy en día. Claro que la Reforma hizo que se cerrara y la Restauración recién llegó en el siglo XX cuando una comunidad ecuménica se ocupó de restaurar los edificios de esta pequeña y pintoresca isla. Playas con arena, aguas azules y turquesas, casas pequeñas, poca gente, hermosos paisajes. Verás además cruces de piedra, el convento benedictino del siglo XII con su abadía y su claustro de estilo romanesco y el viejo cementerio donde están enterrados 60 reyes escoceses.

 

Si llegas de visita un día miércoles hacen un recorrido de siete millas por los sitios sagrados de la isla. ¿Cómo llegar a la Isla Iona? Tomas un ferry desde Fionnphort, desde la isla vecina de Mull, y en diez minutos llegas. Desde el continente partes de Oban en un ferry de 45 minutos que te lleva a Mull.

Fuente: ViajesconDestino.com





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